viernes, 14 de septiembre de 2007

De los hombres y el amor (Parte II)

Tomado de Sigmund Freud, Sobre un tipo particular de elección de objeto en le hombre, Buenos Aires: Amorrortu, 1978, vol. XI.

El hecho de que el tipo de hombres del que hablamos -aquellos que tienen por condición para enamorarse de una mujer el hecho de que ésta no sea libre y que se pueda dudar de su buena conducta sexual- deshagan su vínculo con la madre bastante más tarde que aquellos que llevan una vida amorosa «normal», explica también la repetición incesante de la pasión amorosa, la continua sucesión de los objetos de amor de la que puede surgir una serie interminable de mujeres amadas. Aquí, no dejar de ver en cada mujer un posible subrogado de la madre equivale a elevar a lo infinito su condición de insustituible, manteniéndola como tal. Y abandonar el objeto intensamente amado por uno nuevo al que se amará también apasionadamente y se abandonará a su vez por otro con la misma rapidez que el anterior, es la mejor forma de seguir manteniendo en vilo la ansiada satisfacción que nunca llega por la vía de la mujer, como nunca lo hizo por la de la madre. Esto último, Freud lo ejemplifica con el inextinguible placer de hacer preguntas que muestran los niños a cierta edad, cuando lo que tienen en realidad es una única pregunta qué hacer que no obstante, nunca formulan.

Y aquí viene lo más complejo: contrario a la idea de una posible derivación del vínculo materno, la segunda condición, la de la liviandad, obliga a Freud a explorar en la historia del desarrollo y el nexo inconciente de dos complejos: el de la madre y el de la «mujer fácil». Su primera indagación lo conduce hasta la temprana época en que el varoncito tuvo noticia, por primera vez, de las relaciones sexuales entre sus padres, lo que puede haber ocurrido en la pubertad. “Comunicaciones brutales, de tendencia francamente denigratoria y revoltosa, lo familiarizan con el secreto de la vida sexual [aún la de sus padres] y destruyen la autoridad de los adultos [especialmente la de sus padres], que resulta inconciliable con el descubrimiento de su quehacer sexual”.

Como un corolario de tal descubrimiento, el niño toma noticia, a su vez, de la existencia de “ciertas mujeres que ejercen el acto sexual a cambio de una paga y por eso son objeto de universal desprecio”. Él, ajeno a tal desprecio, alimenta una mezcla de añoranza y horror por esas desdichadas que ahora sabe que podrán introducirlo también a él en la vida sexual, lo que hasta ese momento consideraba un privilegio exclusivo de los adultos. Se horroriza, pues, pero también las añora, y así sitúa a la mujer en el lugar del objeto del que puede, pese al peligro que representa, servirse. En adelante, le será imposible sostener la creencia de que sus padres, en especial su madre, son la excepción respecto de las odiosas normas del quehacer sexual y cínicamente, anota Freud, aceptará que a pesar de todo, la diferencia entre la madre y la prostituta no es tan grande. A fin de cuentas, ambas hacen lo mismo en la cama. Estas nuevas comunicaciones despiertan en él las huellas mnémicas de sus impresiones y deseos más tempranos con respecto a la madre y hacen que empiece a anhelarla en el sentido recién adquirido y a odiar al padre. En resumen, cae de nuevo bajo el imperio del complejo de Edipo.

Como efecto de lo anterior, no perdona a su madre y considera su comercio sexual con el padre como una infidelidad. Dos pueden ser los destinos de los sentimientos que ahora alberga el niño por la madre: de un lado, puede “desfogarse en fantasías cuyo contenido es el quehacer sexual de la madre bajo las más diversas circunstancias”, y por otro, puede solucionar la tensión que esto le genera en el acto onanista. El primero de estos dos destinos suele ser el predilecto. El amante de la madre en tales fantasías, por otra parte, comporta casi siempre los rasgos del yo propio, esto es: constituye una versión -aunque quizás un tanto desfigurada por obra de la represión- de su propia persona. Ahora sí puede afirmar Freud que también la segunda condición, la de la liviandad, se deriva indiscutiblemente del complejo materno. De este modo, las fantasías de pubertad del niño hallan una salida hacia la realidad en la conducta amorosa del tipo de hombre del que aquí hablamos.

Para terminar, en cuanto a la tendencia a rescatar a su amada, el peligro en que estos hombres la suponen tiene su origen en la sospecha de la supuesta inclinación de ella a la «indecencia» y la infidelidad. Su idea de un «rescate», por tanto, consiste en permanecer a su lado para cuidar así de su virtud -o más bien para «corregir» la mala imagen que tienen ante los demás, de la que ellos mismos se han dejado contagiar- y contrariar sus «malas inclinaciones». Pero en realidad, todo esto no es más que la “«racionalización» excelentemente lograda de un motivo inconciente”: el querer resarcir a la madre por la dádiva de la vida.

El motivo del rescate tiene pues su significado y su historia propios y como los aspectos anteriores, es un retoño, aunque esta vez autónomo, del complejo materno. Al enterarse el niño de que la madre le ha «regalado la vida», sus mociones tiernas se alían con una manía de grandeza para dar lugar al deseo de devolverle ese regalo dándole uno de igual valor. Pero esto no es sencillo. Con un leve cambio de significado -como es propio de lo inconsciente-, «rescatar a la madre» se convierte en un «obsequiarle o hacerle un hijo» -tal como lo ha hecho el padre-, desde luego, como uno mismo es. Así, “La madre nos ha regalado una vida, la propia, y uno le regala a cambio otra vida, la de un hijo que tiene con el símismo (…) la máxima semejanza”, lo que convertiría al niño en su propio padre. Así, en la fantasía de rescate, aquél se identifica plenamente con éste y satisface al mismo tiempo pulsiones tiernas, de agradecimiento, concupiscentes, desafiantes y aún de autonomía. El deseo de rescatar a la amada es, por tanto, el corolario del antiguo deseo de rescatar a la madre tal como en su momento lo hizo el padre.

Y he ahí, sin más, el nexo que establece Freud entre la relación del niño con la madre y un tipo particular de elección de objeto en el hombre como contribución a la psicología del amor. Ahora bien, ¿explica todo ello, al menos en parte, la conducta del Don Juan?