lunes, 9 de julio de 2007

Del amor masculino (Parte I)

En el curso de su descubrimiento del psicoanálisis y del afianzamiento del mismo como técnica terapéutica, Freud recogió algunas impresiones sobre la vida amorosa de sus pacientes, y no sólo de los considerados especiales por su complejidad, sino también de los menos especiales, los llamados "normales". Y por extraño que resulte, fue a partir de estos últimos que descubrió una cierta "desviación", propia de la conducta amorosa normal de los seres humanos.
Freud explica dicha desviación de este modo: a la hora de poner nuestros ojos en alguien, participa tanto nuestra fantasía como nuestra realidad. Es en tales condiciones que se produce lo que llamamos amor, como aquello de lo que siempre hablaron los poetas y del que también el psicoanálisis habla hoy, si bien no para hacer uso de «licencia poética» alguna (valga decir, para “aislar fragmentos, disolver nexos perturbadores, atemperar el conjunto y sustituir lo que falta” en la realidad, tal como lo hace el poeta, a fin de obtener un placer intelectual y estético) sino, más bien, para descubrir, aún a costa de lo estético, la génesis y el desarrollo de los estados anímicos que condicionan la aparición del amor.
Así descubre un tipo particular de elección de objeto en el hombre (en los varones), en la que se establecen ciertas condiciones de amor no sólo incomprensibles sino, por demás, sorprendentes. La primera de ellas es la existencia de un «tercero perjudicado»; en tales casos, el hombre nunca elige como objeto de amor una mujer libre, sino a una sobre la cual otro hombre pueda pretender "derechos de propiedad" ya sea como marido, prometido o amigo. Esta condición puede llegar a ser tan implacable, que puede llevarlo a ignorar a una mujer o incluso a desairarla, por el solo hecho de «no pertenecer a otro hombre». Y así también, a cambiar radicalmente su posición frente a una mujer en la que antes no se interesaba, al saberla (o a suponerla) relacionada con otro hombre bajo cualquiera de las formas de relación antes mencionadas, convirtiéndose así, de repente, en el objeto de su enamoramiento.

La segunda condición, llamada del «amor por mujeres fáciles», consiste en que, de algún modo, la conducta sexual de la mujer por la que se interesan merezca mala fama, y su fidelidad y su carácter puedan ser puestos en entredicho. Según Freud, este rasgo puede variar en intensidad, puede ir desde la ligera sospecha de “una esposa inclinada al flirt hasta la pública poligamia de una cocotte o una cortesana”.

Cumplida la primera de estas dos condiciones, se satisface, en este tipo de hombres, la hostilidad hacia el hombre que se proclama dueño de la mujer que les interesa. El cumplimiento de la segunda, por su parte, satisface en ellos los celos que, curiosamente, no dirigen al «dueño» legítimo de la amada sino a extraños que se aproximan a ella, y que al hacerlo, generan dudas sobre su reputación. Por tanto, hay en ellos un claro deseo de no poseer para sí solos a su amada, por lo que se sienten enteramente cómodos dentro de una relación triangular.

Cumplidas las dos condiciones, dichos hombres adquieren una conducta que puede tipificarse por los siguientes aspectos:

1. Tratan a la mujer amada, pese a su «liviandad», como un «objeto amoroso de supremo valor», lo que se opone por completo a la regla que rige la vida amorosa normal en la que el valor de la mujer depende de su integridad sexual. De allí que la situación sea percibida como una desviación.

Por tanto, cultivan esta relación con el mayor gasto psíquico hasta consumir todo su interés, y son ellas las únicas mujeres a las que pueden amar y ante las que se exigen a sí mismos fidelidad, aunque a menudo la infrinjan. Tal devoción no dura, pues, más de lo que las contingencias de la vida real lo permiten, si bien es cierto que tal forma de la elección de objeto de amor puede repetirse incesantemente, haciendo que se sucedan, una tras otra, las mujeres de dudosa reputación que ocuparán, para ellos, el lugar de objeto de amor, siempre temporalmente.

2. Adoptan el papel de «salvadores» de su amada. Están convencidos de que ellas los necesitan, de que sin ellos perderían todo apoyo moral y se hundirían en una situación lamentable, así que se disponen a «rescatarlas» no abandonándolas.
Sin duda alguna, algo de la relación edípica se repite allí, quizás a fin de establecer nuevas condiciones para su elaboración, pero esta vez, ya bajo un cierto poderío y no bajo la indefensión típica del niño durante el Edipo, que lo hacía sentirse impotente ante la presencia y el poder del padre. Y es que dadas las circunstancias reales en las que se experimenta el Edipo, la saga aventurera y heroica en la que el tercero perjudicado es el padre y la mujer a salvar es la madre, vivida así por el niño desde su más sentida necesidad de afecto, queda entonces sin conclusión. El bosquejo de hombre, así plasmado, que es el niño, buscará, entonces, el debido resarcimiento a futuro intentando diseñar, según su propio criterio, los parámetros que definirán sus preferencias en lo tocante a la elección de objeto, y este mecanismo, la elección de objeto de la que hablamos con todas sus consecuencias, le permite un cierto resarcimiento.

¿Cuál podría ser la génesis de tan particular elección de objeto y de tan rara conducta por parte de estos hombres?, se pregunta Freud. Y por más que suene paradójico, se responde que la misma que la de la vida amorosa normal: “brotan de la fijación infantil de la ternura a la madre y constituyen uno de los desenlaces de esa fijación”, respectivamente.

Lo que ocurre pues en estos hombres, a diferencia de lo que ocurre en la «vida amorosa normal», es que el vínculo con la madre se ha conservado aún hasta después de la pubertad, haciendo que en lo sucesivo, los objetos de amor elegidos lleven el sello de los caracteres maternos como si fuesen subrogados de la madre. Ello explica por qué de la primera condición es que la mujer no esté libre, y también la sobreestimación del objeto de amor “que convierte a la amada (de dudosa reputación) en única e insustituible” tal como lo es, para ellos, la madre.

Fuente: Sigmund Freud, Sobre un tipo particular de elección de objeto en le hombre, Buenos Aires: Amorrortu, 1978, vol. XI.